domingo, 27 de octubre de 2013

EL GATO OLIVER

Era de noche cuando un maullido llamó la atención de Oliver, el famoso gato que conseguía cualquier cosa… a un módico precio. Cuando el minino se dio la vuelta, se encontró con un pequeño gatito blanco, cuyos ojos azules le miraron suplicantes.

-¿Otra vez aquí? Espero que no vengas a por más azúcar moreno, Bigotitos.
-Por favor, Oliver –le suplicó el aludido, llevándose una patita al hocico-. Solo un poquito, no me lo tomaré todo solito…
-¡Pero si esta tarde te he dado dos saquitos!
-Es que eran saquitos pequeños, Oliver… vamos, solo un poquito…
-¡No! –respondió él, indignado- Eres demasiado pequeño, como tu madre se entere me achicharrará la cola y la servirá de cena a los ratones.
-Pues si tú no me das, iré a ver al señor Copito –lloriqueó Bigotitos, y echó a correr lejos de su amigo, que una vez más le negaba su preciado capricho.

Con un suspiro, Oliver dobló una esquina y se internó por una calle desierta, donde unos saltos llamaron su atención. Bajo la luz de las farolas, le observaban Pussy y Bussy, los hermanos conejos. Bussy trabajaba en la fábrica del señor Copito, y era amigo de Missifú, una de las mejores clientas de Oliver. En cambio, su hermano Pussy era un aficionado a comer toda clase de dulces empalagosos, aunque nunca despreciaba una rica zanahoria. Cuanto más grande, solía decir moviendo sus adorables bigotes, más hay para disfrutar.

-¿Vais a pedirme azúcar moreno o polvos pica-pica? – les preguntó el gato, sacudiendo su cola, disgustado.
-Pues… ¿nos podrías dar un combinado? –preguntó Bussy a su vez, rozándose las orejas con la pata, nervioso.
-¡Encima venís a por las dos cosas! De verdad, que no sé qué os pasa últimamente, me estáis dejando sin mercancías.
-¿No te quedan? –inquirió Pussy, preocupado. Si no se llevaba algo a su gran boquita… no quería ni pensarlo.
-Anda, tomad un poco –suspiró, tendiéndoles un saco gris.
-Te queremos, Oli –susurró Bussy, emocionado, que cogió el saco mirando en derredor, esperando no encontrarse con ningún policía copito anti-vicio.
-Gracias por darnos algo que llevarnos a la boca –le agradeció Pussy, que se lanzó a abrazarle.
Y los conejitos se marcharon, dejando solo, por fin, al bueno de Oliver.

Él era un gato muy cortés, elegante e instruido en toda clase de materias. Era lo que algunas se atrevían a definir como “un gato de mucho mundo”. Había estado en París, Londres y Roma, siempre en calidad de mascota, por supuesto. Pero ya se había agotado de ser un gato doméstico, por lo que había decidido hacer felices a copitos y animalitos… con su gran variedad de “polvitos felices”. Tenía azúcar moreno, polvos pica-pica, azúcar avainillado y otras muchas variedades dulces y prohibidas. Era un prófugo, un delincuente que, a pesar de haber sido atrapado en varias ocasiones, jamás había sido condenado por ningún jurado de copitos. Los adorables ositos siempre habían alegado lo siguiente ante el juez: “es demasiado mono”. Mucha suerte tenía el travieso de Oliver de tener una manchita tan adorable en el hocico. Y de que sus ojitos fueran brillantes y encantadores, irresistibles para cualquier criatura de aquel mundo de copitos y encantadores cachorros.

Sí, se dedicaba a pasar cualquier tipo de mercancía, y actualmente había firmado un contrato estable con el señor Copito, un empresario respetable. Y todo gracias a la dulce e ingenua Copita, claro.

De repente, un ruido llamó su atención, proveniente de una ventana abierta.
-¡Gloooooo!
¿Ya era la hora acordada con la estúpida pavita a la que debía llevarle un cargamento especial? Se apresuró a hacerse con los sacos correspondientes; una nueva selección de alpiste aderezada con azúcar moreno.

“¿A quién se le ocurrió la idea de tener una pava en la ciudad?” se preguntó, escalando para apoyarse en el alféizar de la ventana correspondiente.
-¡Pavita! –llamó a su clienta, que no tardó en acudir.
-Oliver, ¿has traído lo mío? –preguntó, aunque en realidad lo que el gato escuchó fue: “Glo, ¿glo glo glo glo?”.
-Claro, aquí tienes –respondió, deslizando la mercancía por la ventana abierta. La pavita la cogió con su pico.
-Glo –respondió, agradecida, y cerró la ventana.

El gato saltó sin miedo y, una vez volvió a pisar el asfalto, siguió andando por el corazón de la ciudad nocturna. Sí, era una noche atareada, como todas. Una noche en la que repartió sacos y sacos de dulzura prohibida, pero necesaria para el bienestar de tantos buenos amigos suyos.
Cansado, se dirigió a su casa, que no era otra que la residencia de ancianos, en la que una entrañable abuelita le tendría preparadas las más tiernas caricias y un buen trago de leche fresca. Sonriente, corrió hasta su hogar, y momentos después dormía sobre la acolchada almohada que le servía como cama.

EL GATO OLIVER