En
la fábrica de Copito no había lugar para cosas ilícitas. Por ello, Missifú
acudió al despacho de su jefe. Entró tímidamente y cerró la puerta despacio.
-Buenos días, Missifú –la saludó Copito, mirándola por
encima de sus grandes gafas negras-.
-Buenos días –respondió la gatita, nerviosa-. ¿Me ha
llamado, señor Copito?
-Mmm sí, Missifú, te he llamado porque… -el osito suspiró,
y abrió un cajón del que sacó una bolsita de tela color rosa- encontré esto en
tu taquilla.
La minina movió sus bigotitos.
-Puedo explicarlo… ¡Eso no es mío!
-Missifú, los polvos pica-pica son cosa mala… ¡Estás
despedida!
-¡No, señor Copito!
-No me has dejado otro remedio –el aludido movió el
hocico, disgustado. Así era; había advertido a la gatita en numerosas ocasiones
de las consecuencias que traería que consumiera azúcar moreno en el trabajo.
Pero polvos pica-pica… ¡eso ya era pasarse!
-No volverá a pasar, señor Copito –le aseguró Missifú,
llorando, con sus orejitas caídas.
-De cualquier forma, llamaré a la policía de los copitos,
ellos se encargarán de que dejes esas cosas…
-¡Pero si están riquísimos! –exclamó la gata- Lo que pasa
es que la gente no lo prueba porque les da susto.
-Eso da igual, Missifú; es ilegal.
-Lo que tú digas, Copito, pero pruébalo antes de decir nada.
-¡Ni hablar! –el oso se quitó las gafas, enfadado, y se
levantó de su butaca.
-Vamos, tienes que probarlo.
Missifú no parecía estar dispuesta a aceptar un “no” por
respuesta. Le retuvo en una esquina de la habitación, intentando meterle un
puñado de polvos pica-pica en la boca. Por suerte para la minina, un poco de
aquel delicioso manjar cayó sobre la lengua de Copito, que había abierto la
boca un segundo para coger aire.
El oso abrió mucho los ojos, movió su hociquito y se llevó
una pata a la cabeza.
-Más –pidió, con una sonrisita vergonzosa. La gatita
sonrió y le dio más polvos, haciendo que Copito se pusiera colorado.
-¿A que están buenos?
-Mmm sí –admitió Copito, para después volver a ponerse
serio-. Pero que nadie se entere de esto, Missifú.
-Sí, señor Copito… ¡Muchas gracias por entenderlo!
Y la gatita se marchó rápidamente, antes de que su jefe
cambiara de opinión. Se internó por los pasillos de la fábrica, donde encontró
a su amigo Bussy, el conejito.
-¡Missifú! –la llamó, cogiéndola con una de sus patitas
blancas- ¿Qué quería Copito?
-Me pilló los polvos pica-pica…
-¡No! Seguro que ahora nos registra a todos los demás, y
cuando descubra nuestro cargamento…
-No pasa nada, Bussy; le ha gustado probarlo, no va a
decir nada.
-¿Le has dado polvos pica-pica a un oso? ¡Estás loca!
-No tenía otra opción –protestó ella.
-Pero Missifú, los ositos se enganchan enseguida… ¡nos va
a dejar sin polvitos!
Bussy se echó a llorar, y la gatita, sintiéndose culpable,
le ofreció uno de sus saquitos rosas.
-Toma unos polvitos más –le ofreció. El conejito dejó de
llorar, y con una patita temblorosa, se tomó todo el contenido del saquito,
sonriente.
-Gracias, Missifú.
-De nada, Bussy.
Missifú siguió andando por los pasillos de la fábrica.
Había una idea brillante intentando hacerse un hueco en su azucarado cerebro.
Cada vez disminuía más la cantidad de proveedores de polvos pica-pica, y si
conseguía que Copito se aficionara a ellos, tal vez el oso se vería interesado
en producirlos él mismo. ¡Podrían utilizar la fábrica! También harían azúcar
moreno, por supuesto. Satisfecha por sus ocurrencias, Missifú corrió hacia la
puerta del negocio, para después dirigirse hacia una esquina de las desiertas
calles por las que se internaba.
-¡Oliver! –llamó a su amigo, que no tardó en aparecer.
Aunque en esta ocasión, el gato Oliver venía acompañado de
una osita rosa.
-¿Qué pasa, Missifú?
-¡Tengo un plan!
-A ver qué es esta vez…
-Es de verdad, Oliver; hoy no vengo a proponerte una
tienda de ovillos de lana.
-Espero que tampoco una de piñatas de ratones.
-No, hoy… -la minina se calló, miró a la osita y preguntó:
¿Es de fiar?
-Sí, es mi mejor clienta de azúcar moreno.
-Siendo así… ¡Vamos a fabricar nuestros productos en el
negocio de Copito!
-¿Cómo vamos a hacer eso? –inquirió la osita- Mira que él
se asusta enseguida.
-¿Y tú quién eres? –preguntó Missifú- Yo lo conozco de
hace muchos años, trabajo en su fábrica.
-Pues yo soy Copita –respondió la aludida, hinchando su
pecho de orgullo- y soy la novia de Copito.
-¡Ala! Pues no creo que le guste que tomes tanto azúcar
moreno.
-Si él también toma.
Missifú movió sus bigotes, pensativa. Sin duda su idea
había sido buena, pues si el oso se estaba aficionando al azúcar moreno y a los
polvos pica-pica, no tendría inconveniente en ayudarles.
-Entonces, ya tenemos local –afirmó el gato Oliver-. Solo
falta que ese osito nos contrate… aunque con Copita no tendrá problema.
-¡Uys! –la aludida se llevó una patita al hocico,
vergonzosa, pues todo el mundo conocía su relación con el oso.
Pero lo cierto es que no hubo problema; al llegar la tarde
varios de los amigos gatos de Oliver y él mismo fueron contratados. En cuanto a
Copita, Copito la nombró su secretaria personal. La ilícita empresa estaba en
marcha... ¡y muchas eran las patas implicadas!