Era de noche cuando un maullido llamó la atención de Oliver,
el famoso gato que conseguía cualquier cosa… a un módico precio. Cuando el
minino se dio la vuelta, se encontró con un pequeño gatito blanco, cuyos ojos
azules le miraron suplicantes.
-¿Otra vez aquí? Espero que no vengas a
por más azúcar moreno, Bigotitos.
-Por favor, Oliver –le suplicó el
aludido, llevándose una patita al hocico-. Solo un poquito, no me lo tomaré
todo solito…
-¡Pero si esta tarde te he dado dos
saquitos!
-Es que eran saquitos pequeños, Oliver…
vamos, solo un poquito…
-¡No! –respondió él, indignado- Eres
demasiado pequeño, como tu madre se entere me achicharrará la cola y la servirá
de cena a los ratones.
-Pues si tú no me das, iré a ver al señor
Copito –lloriqueó Bigotitos, y echó a correr lejos de su amigo, que una vez más
le negaba su preciado capricho.
Con un suspiro, Oliver dobló una esquina
y se internó por una calle desierta, donde unos saltos llamaron su atención.
Bajo la luz de las farolas, le observaban Pussy y Bussy, los hermanos conejos.
Bussy trabajaba en la fábrica del señor Copito, y era amigo de Missifú, una de
las mejores clientas de Oliver. En cambio, su hermano Pussy era un aficionado a
comer toda clase de dulces empalagosos, aunque nunca despreciaba una rica
zanahoria. Cuanto más grande, solía decir moviendo sus adorables bigotes, más
hay para disfrutar.
-¿Vais a pedirme azúcar moreno o polvos
pica-pica? – les preguntó el gato, sacudiendo su cola, disgustado.
-Pues… ¿nos podrías dar un combinado?
–preguntó Bussy a su vez, rozándose las orejas con la pata, nervioso.
-¡Encima venís a por las dos cosas! De
verdad, que no sé qué os pasa últimamente, me estáis dejando sin mercancías.
-¿No te quedan? –inquirió Pussy,
preocupado. Si no se llevaba algo a su gran boquita… no quería ni pensarlo.
-Anda, tomad un poco –suspiró,
tendiéndoles un saco gris.
-Te queremos, Oli –susurró Bussy,
emocionado, que cogió el saco mirando en derredor, esperando no encontrarse con
ningún policía copito anti-vicio.
-Gracias por darnos algo que llevarnos a
la boca –le agradeció Pussy, que se lanzó a abrazarle.
Y los conejitos se marcharon, dejando
solo, por fin, al bueno de Oliver.
Él era un gato muy cortés, elegante e
instruido en toda clase de materias. Era lo que algunas se atrevían a definir
como “un gato de mucho mundo”. Había estado en París, Londres y Roma, siempre
en calidad de mascota, por supuesto. Pero ya se había agotado de ser un gato
doméstico, por lo que había decidido hacer felices a copitos y animalitos… con
su gran variedad de “polvitos felices”. Tenía azúcar moreno, polvos pica-pica,
azúcar avainillado y otras muchas variedades dulces y prohibidas. Era un
prófugo, un delincuente que, a pesar de haber sido atrapado en varias
ocasiones, jamás había sido condenado por ningún jurado de copitos. Los
adorables ositos siempre habían alegado lo siguiente ante el juez: “es
demasiado mono”. Mucha suerte tenía el travieso de Oliver de tener una manchita
tan adorable en el hocico. Y de que sus ojitos fueran brillantes y
encantadores, irresistibles para cualquier criatura de aquel mundo de copitos y
encantadores cachorros.
Sí, se dedicaba a pasar cualquier tipo de
mercancía, y actualmente había firmado un contrato estable con el señor Copito,
un empresario respetable. Y todo gracias a la dulce e ingenua Copita, claro.
De repente, un ruido llamó su atención,
proveniente de una ventana abierta.
-¡Gloooooo!
¿Ya era la hora acordada con la estúpida
pavita a la que debía llevarle un cargamento especial? Se apresuró a hacerse
con los sacos correspondientes; una nueva selección de alpiste aderezada con
azúcar moreno.
“¿A quién se le ocurrió la idea de tener
una pava en la ciudad?” se preguntó, escalando para apoyarse en el alféizar de
la ventana correspondiente.
-¡Pavita! –llamó a su clienta, que no
tardó en acudir.
-Oliver, ¿has traído lo mío? –preguntó,
aunque en realidad lo que el gato escuchó fue: “Glo, ¿glo glo glo glo?”.
-Claro, aquí tienes –respondió,
deslizando la mercancía por la ventana abierta. La pavita la cogió con su pico.
-Glo –respondió, agradecida, y cerró la ventana.
El gato saltó sin miedo y, una vez volvió
a pisar el asfalto, siguió andando por el corazón de la ciudad nocturna. Sí,
era una noche atareada, como todas. Una noche en la que repartió sacos y sacos
de dulzura prohibida, pero necesaria para el bienestar de tantos buenos amigos
suyos.
Cansado, se dirigió a su casa, que no era
otra que la residencia de ancianos, en la que una entrañable abuelita le
tendría preparadas las más tiernas caricias y un buen trago de leche fresca.
Sonriente, corrió hasta su hogar, y momentos después dormía sobre la acolchada
almohada que le servía como cama.
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| EL GATO OLIVER |





























