viernes, 6 de septiembre de 2013

¡HE CONOCIDO A COPITA!

Hola, ¿me habéis echado de menos? Como copito que soy, no suelo hacer cosas ilícitas (como rozar con la patita a una copita… ¡uys!). Pero hoy ha pasado algo muy raro. Iba de camino a mi fábrica de terrones de azúcar (cuya historia os contaré otro día, que soy un copito y no me da para tanto), y me encontré con una osita de pelaje rosa, que me miró y al momento escondió su cabeza entre las patas, para después exclamar “¡Uys uys uys!”. Después me miró, vergonzosa, y me ofreció una de sus rosadas patitas suaves para que se la estrechara.

-Mmm hola –me saludó, moviendo su hocico.
-Mmm sí… ¡Hola! –respondí, asintiendo con la cabeza y cediendo a entregarle mi patita. Cuando nuestros pelajes se rozaron, los dos nos sonrojamos.
-Me llamo Copito –me presenté, en voz baja-. ¿Y tú?
-Yo me llamo Copita.
-Eso quiere decir que… somos copitos –sentencié. Ella se llevó una pata al hocico, abriendo muchos sus ojitos.
-No es posible, ¡uys!
-Me temo que sí, Copita.
-Siendo así –respondió ella, encogiéndose de hombros y sonriendo, para después mover nuevamente su hociquito-. ¿Vamos a por unos terroncitos?
-Mmm sí.

Me cogió de la patita y me llevó a una esquina cercana, donde no había nadie.
-¿Por qué nos paramos aquí? –le pregunté, asustado al comprobar que todo estaba muy oscuro.
-Porque así nadie nos verá, tontito.
-¡No me llames tontito!
-Es que eres un copito… ¡los copitos sois tontitos!
-Tú también eres tontita… ¡pavita!
-¡No me llames pavita! ¡Malo! –Copita se apartó de mí, y se echó a llorar, sus lágrimas azucaradas caían de sus ojos. Vi que me ponía pucheros.
-No seas llorica, Copita.
-¡No soy una llorica! –me chilló, al tiempo que sus lágrimas seguían cayendo, acompañadas por un alubión de sollozos. Me reí sin poder evitarlo, provocando que ella siguiera llorando.
-No te das cuenta jaja. Si me dices que no eres llorica… ¿por qué lloriqueas?
Copita se detuvo y movió nuevamente su hocico.
-Uys –susurró, y con una pata se limpió las lágrimas-.
-¿Ves? Eres una pavita.
-Y tú un tontito.

-¿Vais a empezar otra vez? –inquirió una voz detrás de nosotros. Nos dimos la vuelta, asustados, pero nos relajamos al encontrarnos con un gato de aspecto afable. Tenía el pelaje blanco, con manchas negras repartidas entre el lomo y la barriga, además de una cerca de su hocico, que le otorgaba un aire distinguido.
-¿Quién eres? –pregunté, acercándome al minino.
-Es el gato Oliver –me respondió Copita, adelantándose-. Y es mi amigo.
-¡Ah! Siendo así…
-Bueno, Copita, ¿te pongo lo de siempre? –inquirió Oliver.
-Sí, porfis –respondió la osita.
-Aquí tienes.
Me llevé una pata al hocico al percatarme de que el gato le tendía un sobre de azúcar moreno a Copita.
-¡Eso es…ilícito!
-No pasa nada, Copito. Es azúcar muy dulce, ya verás como te gusta…
-No, Copita, el azúcar moreno es ilegal… ¿Qué será lo siguiente? ¿Polvos pica-pica?
-¡Estás loco! –exclamó Copita, indignada- Solo los copitos locos toman polvos pica-pica.
-Por algo se empieza –le advertí.
-Mira, osito, ¿por qué no lo pruebas? –me sugirió el gato Oliver- No sabrás si es bueno si no lo pruebas.
-No pienso probar eso.
-Vamos, Copito… hazlo por mí –me suplicó Copita. Vi que se llevaba el sobre a la boca… ¡y tomaba parte de su contenido! Estudié su rostro después. No parecía estar mal, no había motivo para asustarse. Los copitos siempre hacemos leyes basándonos en el miedo, seguramente un copito se había asustado al verlo y lo había prohibido. Cogí el sobre mientras seguía dando aquella argumentación en mi cabeza, convenciéndome de que no había peligro.

Granos de azúcar moreno cayeron en mi boca, siendo paladeados por mi lengua y fundidos en mi saliva.
-Está…muy…¡bueno!
-Pues claro, tontito.
Y nos acabamos el sobre entre los dos. Cuando terminamos, sentíamos que nuestros hocicos estaban dulces, y nuestras barriguitas felices. Copita se acercó para darme un besito… ¡uys!
-Copito… ya nos veremos –se despidió, y salió corriendo, sin dejar de susurrar “uys uys uys” hasta que la perdí de vista. El gato Oliver emitió una risita, y cuando quise darme cuenta ya se había marchado, portando con él el cargamento de azúcar moreno.


Y así es como he conocido a una copita súper mona. El único problema es que he tomado azúcar moreno y eso está mal… ¡Así que no le cuentes nada a nadie!


Hasta pronto, les escribió Copito.



¡Uys! Copita me ha dado un besito.


No hay comentarios:

Publicar un comentario