Copita y Copito eran dos ositos que vivían en una tienda de
ropa para niños. Allí se sentían a gusto entre las sonrisas de los niños y el
olor a ropa nueva. Eran muy felices juntos, sentados en un adorable banquito de
madera situado frente al escaparate. Por él veían la vida pasar, y en especial
solían contemplar a una pandilla de gatos. Una tarde de domingo, la dueña de la
tienda cerró, y como cada vez que se quedaban solitos, los copitos aprovecharon
para hablar entre ellos.
-Copita, hace mucho que he estado pensando… -Copito se rascó
detrás de sus orejitas, y centró sus ojos color caramelo en la tímida y dulce
osita.
-¿Qué has estado pensando? –preguntó ella. Su amigo suspiró
como solo los copitos saben hacer, y vergonzoso, se atrevió a responder.
-Quiero…mmm…darte un beso –dijo, tartamudeando de puro
nerviosismo. Copita abrió mucho sus ojos, sin poder creer sus intenciones, y
azorada, apartó la mirada.
-¿Por qué quieres hacer eso, Copito? –inquirió, algo
enfadada- ¡Esas son cosas de mayores!
-Pero los copitos… los copitos podemos hacer cosas de
mayores –respondió, y muy triste, se fue corriendo. Más tarde, Copita descubrió
que se había marchado de la tienda por un hueco en la pared… y una lágrima de
agua azucarada resbaló por su mejilla.
Días más tarde, Missi y Manchitas, dos gatitos muy traviesos,
jugaban en la calle a Piedra, Papel o Perro. Cansada de perder contra Manchitas,
la gatita Missi se fue hacia el escaparate del hogar de su amiga Copita. De
repente, observó algo espantoso.
-¡Manchitas! –chilló, horrorizada.
-¿Qué pasa, Missi? –inquirió el gato, corriendo a su
encuentro.
-Mira, Copita está sola –le señaló, sacudiendo su cabecita-.
Parece triste, creo que Copito se ha marchado.
-No puede ser, él jamás haría eso –susurró Manchitas, pero
en el fondo sabía que así había sido.
-Tenemos que hacer algo, vamos… ¡hay que investigar!
Y así lo hicieron, pasaron dos días enteros reuniendo pistas
sobre el paradero de Copito, pero el osito parecía haber desaparecido. Con las
patas cansadas, decidieron descansar en una esquina de la calle, donde
encontraron a un triste osito tiñoso, que lloraba junto a un sobre de azúcar
moreno,cuyo contenido se llevaba una y otra vez a la boca.
-¡No, Copito! –le advirtió Missi-. Si te tomas ese azúcar te
pondrás enfermo, los copitos solo podéis tomar azúcar blanco.
-Me da igual, Copita no me quiere –lloró, Manchitas se
acercó a él y le arrebató el sobre.
-La has dejado sola, en esa tienda tan grande –le reprochó,
Copito apartó sus ojos de caramelo, avergonzado-. Eso no se puede hacer, pase
lo que pase tenemos que apoyarnos los unos a los otros.
-Pero Copita… ella no quiso… besarme…
-Y tú la has fallado –dijo el gato, y soltó una bola de
pelo, indignado-. No eres digno de ser un copito.
Copito levantó la cabeza, y arrepentido, escupió el azúcar
que le quedaba en la boca.
-Tienes razón, Manchitas –afirmó-. Tengo que volver y
demostrarle que soy un buen copito, y que siempre la voy a apoyar.
No se detuvo a hablar más, corrió hacia la tienda en la que
cierta copita empezaba a impacientarse, sintiéndose despeluchada.
-Copita –la llamó al entrar, sentada en el banquito, la
osita se volvió para mirarle.
-¡Copito! –gritó con alegría, y acudió a su encuentro cual
estrella fugaz, para después fundirse en un cálido abrazo con el osito.
-Lo siento –lloró este último-.
-Tenías razón, Copito –respondió Copita-. Los copitos
también podemos hacer cosas de mayores.

Simplemente, me encanta, me encanta ese toque de inocencia que últimamente falta en el mundo y que tú le estás dando
ResponderEliminarMuchas gracias, Robsen, aunque yo confío en que esa inocencia siga permaneciendo en nosotros; esas personas obligadas a abandonar la niñez.
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